Michał KŁOSOWSKI: La Iglesia en tiempos de la represión

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La Iglesia en tiempos de la represión

Michał KŁOSOWSKI

Periodista, historiador, especialista en comunicación.

Ryc.Fabien Clairefond

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Uno de cada cinco sacerdotes polacos fue asesinado durante la Segunda Guerra Mundial.

.Los polacos conocen el precio de la libertad; saben, cuánta sangre cuesta la independencia, cómo se puede perderla y como se la echa de menos. Conocen el precio de sacrificarse en el nombre de la libertad y el desacuerdo con la barbaridad. Como el san Maximiliano María Kolbe, aquel franciscano que el 29 de julio de 1941 se ofreció voluntariamente en el campo de concentración alemán nazi Auschwitz a dar la vida por otro prisionero, Franciszek Gajownik, el cual sobrevivió la guerra gracias a este sacrificio. Maximiliano María Kolbe es un héroe, un símbolo. Pero la muerte se hizo destino de muchos otros sacerdotes y clérigos polacos. La segunda guerra mundial era en las tierras polacas también una guerra con la religión.

La religión, más que otros factores contribuyó a lo largo de los siglos a mantener la identidad polaca. Es por ello que en el plan de Hitler, y luego de Stalin, el plan de la exterminación de la nación polaca, tuvo una gran importancia la exterminación del clero. Durante la Segunda Guerra Mundial fue asesinado cada uno de cinco sacerdotes polacos, en los campos de concentración alemanes murieron cuatro obispos y centenares de religiosos, y en el campo de concentración Dachau el 95 por ciento de los prisioneros eran clérigos católicos. La Iglesia en Polonia era un lugar donde todos podían entrar, independientemente de sus convicciones políticas, nacionalidad o confesión, y donde los perseguidos y asustados buscaron la seguridad, y los hambrientos encontraban pan.

La Iglesia católica en Polonia fue considerada por los nazis como parte de la élite intelectual polaca, por ello fue brutalmente perseguida. Esta persecución fue un elemento del programa  Intelligenzaktion, cuyo fin era exterminar las élites polacas en las tierras incorporadas al Tercer Reich. De acuerdo con de la acción AB –  Ausserordentliche Befriedungsaktion – fueron disueltas las organizaciones católicas, se cerraron las instituciones educativas católicas y obras de misericordia, los profesores católicos y los maestros quedaron muy empobrecidos o enviados a los campos de concentración. En el territorio de las tierras polacas incorporadas al Reich, sobre todo en Poznań, los sacerdotes y religiosos católicos quedaron enviados a los campos. Se prohibió la celebración de la misa en polaco y la enseñanza del catequismo. A pesar de ello, cuando los estanques ocuparon las calles, y la gente moría, las iglesias eran lugares que se llenaban de las personas. En Cracovia para los habitantes de la ciudad se abrió las puertas de la curia episcopal y del seminario, y el entonces obispo Adam Sapieha llegó a ser un símbolo de la resistencia contra alemanes. La Iglesia en Polonia siempre ha sido cercana al pueblo, llevando una actividad cultural, incluso el teatro clandestino.

Durante la Segunda Guerra Mundial los clérigos prestaron ayuda a los necesitados independientemente de su religión y nacionalidad. Los sacerdotes polacos – Mikołaj Ferenc, Antoni Kania, Jan Raczkowski, y las religiosas – Adela Rosolińska y Kornelia Jankowska, fueron honrados de forma póstuma por el Instituto Yad Vashem con la medalla Justo Entre las Naciones del Mundo. El clero polaco prestó mucho apoyo al estado clandestino polaco, sosteniendo el espíritu. Los sacerdotes atendían a los heridos y sepultaron a los asesinados. Se ponían de lado de los que necesitaban ayuda, luchaban en defensa de los más débiles en el nombre de la libertad y la salvación.

.Cuando los clérigos de otros países recibían reconocimientos, los curas polacos morían asesinados por los nazis o los soviéticos los hacían correr por las nieves de Siberia. No tuvieron tiempo para enriquecerse, tuvieron que sepultar a los fieles, poniendo en sus tumbas simples cruces de madera, símbolo del sacrificio más alto. Quizá por ello en el cementerio de los soldados polacos que consigueron combatir la linea de defensa alemana en Monte Cassino, se levanta en lo alto el águila polaca y la cruz católica. Debajo de ella reposan los restos de los soldados polacos de varias confesiones y nacionalidades que dieron su vida por la liberadad propia y la de Europa. Merece la pena recordarlos, pensando en las consecuencias del 1 de septiembre de 1939.

Michał Kłosowski

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