Karol NAWROCKI: Quien no esté con ellos, es un fascista

Quien no esté con ellos, es un fascista

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Karol NAWROCKI

Presidente del Instituto de la Memoria Nacional.

Ryc. Fabien Clairefond

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Las autoridades de la Federación Rusa mienten constantemente sobre el pasado para encontrar en él una excusa para su actual política agresiva. Polonia ocupa un lugar crucial en esta mistificación.

.Hace bastantes años, cuando visité en Moscú el Museo Central de la Gran Guerra Patria 1941-1945, eché un vistazo a la tienda de recuerdos del lugar. Además de las gorras con la estrella roja, también se ofrecían estatuillas de Vladímir Lenin y Félix Dzerzhinski. Esta es la triste verdad: los líderes de la sangrienta revolución bolchevique y los creadores del genocida sistema soviético siguen siendo tratados como héroes en Rusia, convirtiéndose además en elementos de la cultura pop.

Cuando el sistema comunista se derrumbó en Polonia en 1989, uno de los símbolos del cambio fue precisamente el derribo de los odiados monumentos a Lenin y Dzerzhinski. Sin embargo, algunos objetos de propaganda soviética —principalmente los erigidos “en honor del Ejército Rojo”— sobrevivieron al período de transición política. En marzo de 2022, justo después de la agresión a gran escala de Rusia a Ucrania, hice un llamamiento a las autoridades locales para completar la descomunización del espacio público polaco. La repercusión fue enorme. De los aproximadamente sesenta elementos de propaganda soviética que hace dos años continuaban desfigurando las ciudades y pueblos polacos, más de la mitad ya han desaparecido. Desde la perspectiva de la Federación Rusa, estas acciones son peligrosas porque atentan contra el mito de los “libertadores” soviéticos y socavan los “derechos” de Moscú a dominar las tierras alcanzadas por el soldado de la estrella roja en la gorra.

En el Instituto de la Memoria Nacional, que tengo el honor de dirigir, tenemos claro que los nombres y símbolos que conmemoran regímenes totalitarios no tienen cabida en una Polonia libre y democrática. Sin embargo, las autoridades de la Federación Rusa parecen mantener la posición de que los antiguos Estados del Bloque del Este, ahora soberanos, no tienen derecho a nombrar a sus propios héroes. En los últimos días, se me ha informado de que he sido incluido en una lista de personas buscadas por Rusia —al igual que, entre otros, la primera ministra de Estonia, Kaja Kallas, y el ministro de Cultura de Lituania, Simonas Kairys. Se nos acusa de “profanar la memoria histórica”. Porque eso es lo que es para Rusia y Putin decir la verdad sobre la esclavitud y el terror soviético en los países de Europa Central y Oriental.

Recientemente, el propio Vladímir Putin pronunció una conferencia sobre en qué consiste una memoria histórica “adecuada”. En una entrevista de dos horas con Tucker Carlson —un periodista estadounidense que, durante largos fragmentos de la conversación, se limitó a asentir al anfitrión del Kremlin—, el pasado específicamente concebido no era menos importante que el presente y pretendía justificar la política agresiva de la Federación Rusa en la actualidad. En sus argumentos, Putin se remontó hasta el año 862, pero también dedicó mucho tiempo a la historia reciente. Todo ello para demostrar la vertiginosa tesis de que Ucrania es un Estado “nazi” ficticio y, por tanto, que la brutal guerra emprendida por Rusia contra las autoridades de Kiev y la sociedad en su conjunto está justificada.

No es casualidad que Polonia ocupe un lugar clave en este intento putinista de reescribir la historia. De hecho, toda la narrativa propagandística de la “unificación de las tierras rutenas” y la “liberación” de Europa del nazismo requiere una manipulación de gran alcance de la historia polaca.

La República sufrió particiones a manos de sus agresivos vecinos en tres ocasiones: en el siglo XVIII, cuando los territorios del entonces Estado polaco-lituano se repartieron entre Rusia, Prusia y Austria; en 1815, cuando, tras el colapso del sistema napoleónico, estas tres potencias desmembraron de nuevo el territorio polaco (Varsovia, entre otras ciudades, quedó bajo el dominio ruso); y de nuevo en 1939, cuando Polonia fue borrada del mapa de Europa por el Tercer Reich alemán y la Unión Soviética. Ni la zarina Catalina II, en el siglo XVIII, ni Iósif Stalin, siglo y medio después, recuperaron en modo alguno “sus territorios históricos”, como a Putin le gustaría decirle al mundo. Ni Lutsk en 1795 ni Leópolis en 1939 volvieron a la madre patria (esta última ciudad estaba bajo dominio austriaco durante las particiones). Para hacer tal afirmación, hay que borrar sus vínculos estatales con la República multinacional. O, como Putin, dar por sentado que los ucranianos son en realidad rusos, y que solo los polacos intentaron artificialmente crear una nación ucraniana (¡sic!).

Igualmente ridículos son los intentos de hacer recaer sobre Polonia la responsabilidad del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El presidente de la Federación Rusa, por una parte, acusa a las autoridades de Varsovia de colaborar con Adolf Hitler y, por otra, de rechazar sus reivindicaciones territoriales supuestamente legítimas.

La verdad es otra: antes de la guerra, Polonia se encontraba situada entre dos Estados totalitarios que no reconocían el orden existente en Europa en aquel momento: el Reich alemán y la Unión Soviética. Con ambos Estados, las autoridades de Varsovia intentaron mantener relaciones pacíficas. Con la URSS celebraron un pacto de no agresión, con Alemania firmaron una declaración de no violencia. Para Hitler y Stalin, sin embargo, esto no tenía importancia. En 1939, estos dos dictadores hicieron un pacto diabólico, en cuyo protocolo secreto se repartían la región. El resultado fue la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la invasión de Polonia primero por la Wehrmacht y, dos semanas y media después, también por el Ejército Rojo. Ambas potencias ocupantes introdujeron rápidamente el terror en las tierras conquistadas, del que Auschwitz y Katyń se convirtieron en símbolos. Ambas potencias trabajaron en colaboración hasta junio de 1941.

.Para las naciones de Europa Central y Oriental, la derrota del Reich, aún hoy aclamada en Rusia como una gran victoria sobre el fascismo, supuso una nueva esclavitud, esta vez a manos de los soviéticos. Sin embargo, esto es algo de lo que las autoridades actuales de Moscú no quieren oír hablar. En abril de 2022, liquidaron la Asociación Memorial, meritoria por recordar a los rusos las víctimas del comunismo. Hoy también desearían silenciar a las personas que proclaman en el extranjero verdades históricas que no les resultan convenientes. Para esas personas, el Kremlin tiene un epíteto: fascistas.

Karol Nawrocki

Material protegido por los derechos de autor. Queda prohibida su distribución salvo permiso explícito de la editorial. 16/02/2024