Karol NAWROCKI: El gen polaco de la libertad

El gen polaco de la libertad

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Karol NAWROCKI

Presidente del Instituto de la Memoria Nacional.

Ryc. Fabien Clairefond

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En el ADN polaco se encuentra el amor por la libertad individual, pero también por la libertad de la comunidad. Esto nos ha permitido sobrevivir a los momentos más difíciles de la historia.

.Era la madrugada del 11 de noviembre de 1918. En un vagón de ferrocarrilinstalado en un claro del bosque cerca de Compiègne, las delegaciones franco-británica y alemana firmaron un tratado de armisticio. La Primera Guerra Mundial llegaba a su fin, y en el campamento de los vencedores la sensación de triunfo se mezclaba con el alivio. Las fotos de archivo de ese día muestran a parisinos, londinenses y neoyorquinos festejando esta noticia.

Ese mismo lunes de otoño, en Varsovia, el brigadier Józef Piłsudski, que más tarde se convertiría en Jefe de Estado, Mariscal y Primer Ministro, asumió la autoridad suprema sobre el renacido ejército polaco. En la ciudad, el desarme de los soldados alemanes ya estaba en marcha. “¡El día de hoy es histórico, inolvidable!, ¡se recordará como uno de los días más alegres y triunfales de la historia! ¡Somos libres! ¡Somos dueños de nuestro propio destino!” – señaló la princesa María Lubomirska. Esta euforia no era de extrañar. Polonia, tras 123 años de ausencia en el mapa de Europa, recuperaba su soberanía.

Mientras que en la actualidad, cada 11 de noviembre, los países del antiguo campamento de la Entente celebran el Día de la Memoria para conmemorar la victoria en la Primera Guerra Mundial y rendir homenaje a los caídos, nosotros, los polacos, celebramos el Día de la Independencia Nacional. Es uno de nuestros días festivos más importantes.

A los más jóvenes les puede parecer obvio que tengamos nuestra propia nación, que podamos decidir por nosotros mismos, que podamos animar a la selección rojiblanca en el Mundial o cruzar los dedos por nuestros artistas autóctonos en el festival anual de Eurovisión. Sin embargo, para varias generaciones de polacos, la independencia no era una realidad cotidiana, sino un sueño. A veces – como en los tiempos de las victorias de Napoleón – parecía tomar forma, y luego, durante muchos años, de nuevo parecía tan lejana.

Cuando Occidente experimentaba una intensa industrialización en el siglo XIX, las tierras polacas estaban divididas entre tres estados invasores: Prusia (más tarde Alemania), Rusia y Austria. Incluso en condiciones tan difíciles, la chispa de la libertad no se apagó. Los polacos tomaron las armas muchas veces para luchar por su independencia: durante las guerras napoleónicas, el levantamiento de Cracovia de 1846, el de Poznan de 1848, o los dos grandes levantamientos contra el imperio zarista: Los Levantamientos de Noviembre (1830– 831) y de Enero (1863–1864). El precio de estos levantamientos infructuosos no fue solo la muerte en el campo de batalla, sino también la ejecución, la deportación a Siberia, la confiscación de bienes y, en general, la liquidación de los restos de la autonomía polaca.

El martirio polaco del siglo XIX tuvo su trágica continuación durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la nación sufrió las represiones masivas de dos regímenes totalitarios: la Alemania nazi y la Unión Soviética. Y mientras en 1945 Occidente volvía a celebrar la paz y la vuelta a la normalidad, para nosotros comenzaba de nuevo el sometimiento, esta vez bajo el comunismo. Polonia aún tuvo que esperar varias décadas para conseguir la plena independencia.

“Soy hijo de un pueblo – dijo el Papa Juan Pablo II en el fórum de la UNESCO en 1980 – que ha sobrevivido a las experiencias más terribles de la historia, que ha sido repetidamente condenado a muerte por sus vecinos, pero que ha permanecido vivo y sigue siendo él mismo. Conservó su propia identidad y mantuvo su propia soberanía como nación durante la partición y la ocupación, no sobre la base de ningún otro medio de poder físico, sino únicamente sobre la base de su propia cultura (…)”.

De hecho, sin la construcción de un poderoso ejército, sin la gran determinación, el valor y el sacrificio de sus soldados, no habría sido posible defender la independencia conquistada en 1918, ni siquiera dos años después, cuando el Ejército Polaco detuvo el avance del Ejército Rojo hacia el oeste, en Varsovia y Leópolis. Sin embargo, solo los ciudadanos que eran conscientes de su pertenecia a Polonia pudieron eficazmente hacer frente a esta lucha. Anteriormente, durante los 123 años de sometimiento, había sido necesario trabajar arduamente para que la nación sobreviviera a pesar de las adversidades, contra los esfuerzos de germanización y rusificación realizados por los estados invasores. En ese momento, el legado centenario de la República – un Estado construido desde los tiempos de la Edad Media, con períodos de gloria y grandeza a sus espaldas – dio sus frutos. Precisamente este legado de historia, tradición, lengua e identidad compartidas fue mantenido por la Iglesia Católica, pero también fue cuidado y enriquecido por eminentes creadores culturales: el compositor Frédéric Chopin, reconocido hasta el día de hoy en todo el mundo, escritores – como el Premio Nobel Henryk Sienkiewicz – y pintores. El sentimiento de nacionalidad polaca en el siglo XIX sobrevivió también gracias a las familias que se preocuparon con perseverancia por la educación de sus hijos en un espíritu patriótico, y gracias a la multitud de activistas sociales que trataron, por ejemplo, de concienciar sobre este sentimiento de nacionalidad a los habitantes del medio rural.

Resulta aparentemente paradójico que incluso en los momentos más oscuros de la historia milenaria de Polonia, cuando la independencia parecía estar perdida para siempre para algunos, también hubo personas que, con raíces alemanas, judías o checas, eligieron la identidad polaca. “El sentimiento de nacionalidad polaca – como señaló acertadamente el historiador Andrzej Nowak – les parecía un avance en la dignidad, una entrada en una comunidad que representaba los más altos ideales de lucha por la libertad y el sacrificio”.

.Pertenezco a una generación que alcanzó la mayoría de edad en una Polonia libre, recién admitida en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Sin embargo, como historiador, soy muy consciente de que la independencia no llega de una vez por todas. Ahora debemos fortalecerla creando instituciones que funcionen, un Estado atractivo para sus ciudadanos y un aliado en la escena internacional. Estamos unidos por el gen polaco de la libertad a nuestros compatriotas que vivieron en tiempos mucho más difíciles. Y cada 11 de noviembre lo celebramos con no menos entusiasmo que el de la princesa Lubomirska.

Karol Nawrocki

Texto publicado simultáneamente con la revista mensual de opinión Wszystko Co Najważniejsze [Lo Más Importante] en el marco del proyecto realizado con el Instituto de Memoria Nacional y el Banco Central de Polonia, Narodowy Bank Polski (NBP).

Material protegido por los derechos de autor. Queda prohibida su distribución salvo permiso explícito de la editorial. 10/11/2021