
Por el pan y la libertad
Hace 70 años, los trabajadores de las mayores fábricas de la región y los habitantes de Poznań reclamaron con valentía una vida digna y la independencia. La decisión de enviar al ejército contra los manifestantes se tomó cuando la manifestación aún era pacífica. El 28 de junio de 1956, una multitud de cien mil manifestantes exigía justicia, la mejora de las condiciones laborales, pan, libertad y la retirada de las tropas soviéticas del país.
.El obituario que publicó el 1 de julio de 1956 «Głos Wielkopolski» – un popular diario editado en Poznań – sigue conmoviendo profundamente incluso hoy en día. «Los padres, sumidos en una tristeza inconsolable», informan de que tres días antes «falleció trágicamente» su «queridísimo y único hijo», Roman Strzałkowski. En un contexto de censura, no se podía escribir más, y aun así la redacción intervino en el contenido del anuncio. Se publicó la información de que el joven tenía «18 años», aunque en realidad era cinco años más joven.
Strzałkowski fue la más joven de las varias decenas de víctimas del «Junio de Poznań» de 1956, una de las fechas más trágicas de la historia de la Polonia de la posguerra. Fue el primer levantamiento obrero masivo entre el Óder y el Bug contra el régimen comunista. Y no fue el único que se saldó con un baño de sangre.
Se ha perdido el miedo
.Poznań, que hoy cuenta con medio millón de habitantes y se encuentra situado casi a medio camino entre Varsovia y Berlín, bien puede ser llamado la ciudad de la libertad. En los siglos XVIII, XIX y XX, cuando la región se hallaba bajo el dominio prusiano, estallaron aquí varios levantamientos polacos de liberación nacional. El último y más conocido, denominado Levantamiento de Gran Polonia (1918-1919), puso fin de manera eficaz al dominio alemán. Sin embargo, la libertad y la independencia no duraron mucho. La Segunda Guerra Mundial trajo para los habitantes de Poznań cinco años y medio de una sangrienta ocupación alemana. Tras su fin, cayó sobre Polonia un nuevo sometimiento, esta vez proveniente del este.
Mientras Occidente celebraba la victoria sobre el Tercer Reich de la Alemania nazi, numerosas naciones de Europa Central y Oriental quedaron bajo la esfera de influencia de la Unión Soviética. En 1947, los comunistas falsificaron los resultados de las elecciones parlamentarias en Polonia y, para las siguientes, ya solo permitieron una única lista de candidatos. En el transcurso de unos pocos años de posguerra, desmantelaron los partidos de la oposición y la resistencia armada independentista, además de subordinar a los sindicatos. Asimismo, arremetieron contra la Iglesia católica, lo que culminó en 1953 con el internamiento del carismático primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszyński.
La propaganda estatal hablaba de la «lucha contra la reacción», pero el nuevo poder también afectaba duramente a aquellos a quienes teóricamente debía servir: obreros, campesinos y pequeños artesanos. El control estatal sobre el comercio, los intentos de colectivización de la agricultura y la obstinada inversión en la industria pesada a expensas del consumo repercutieron drásticamente en el nivel de vida de los ciudadanos de a pie.
Un par de zapatos decentes costaba 400 eslotis y un traje, hasta cinco veces más, mientras que mucha gente tenía que subsistir con unos pocos cientos de eslotis al mes. Para colmo de males, muchos productos no estaban disponibles y, en cuanto llegaba un nuevo suministro, se formaban colas gigantescas ante las tiendas. Otro problema era la acuciante escasez de vivienda y el alojamiento compartido de personas desconocidas entre sí. Flora Lewis, corresponsal del diario estadounidense The Washington Post, habló en Poznań con una joven de 26 años que llevaba siete años obligada a compartir una habitación pequeña con otras tres mujeres. «Todo lo que quiero – decía – es tener mi propia habitación».
Lewis llamó la atención sobre un fenómeno interesante: por lo general, las revueltas sociales no estallan en el momento de mayor opresión, sino cuando aparece una chispa de esperanza. En marzo de 1953 murió Iósif Stalin y, tres años después, su lugarteniente polaco, Bolesław Bierut. Al mismo tiempo, aparecieron los primeros síntomas de un cauteloso deshielo político. Se liberó a una parte de los presos políticos. En la prensa empezaron a publicarse artículos que antes no habrían tenido ninguna posibilidad de ver la luz. Asimismo, llegaron a Polonia desde Moscú – provocando una gran conmoción – los ecos del discurso secreto de Nikita Jrushchov sobre los crímenes estalinistas. En una nación humillada, la barrera del miedo empezaba a desmoronarse.
Tanques contra obreros
.En la mañana del jueves 28 de junio de 1956, la sirena de la fábrica de Industrias Metalúrgicas Iósif Stalin de Poznań dio la señal de inicio de la huelga. El descontento generalizado se palpaba desde hacía tiempo. Había quejas, entre otras cosas, por el aumento injustificado de las cuotas de producción y del impuesto sobre los salarios, así como por las deficientes condiciones de seguridad e higiene en el trabajo. La plantilla, compuesta por miles de empleados, salió a las calles. Al poco tiempo, numerosos obreros de otras fábricas se sumaron a los manifestantes. En el centro de Poznań, la multitud aumentó hasta alcanzar las 100 000 personas, lo que en aquel entonces representaba un tercio de la población de la ciudad. En las pancartas que portaba la gente se podían leer proclamas tanto económicas como políticas: «Exigimos pan», «Queremos elecciones libres».
El detonante que colmó el vaso fue el rumor sobre el arresto de la delegación obrera que había acudido a Varsovia para negociar las exigencias de los trabajadores con las autoridades. En el centro de Poznań, los manifestantes asaltaron la prisión. Al acercarse al edificio de la Oficina de Seguridad Pública, comenzaron a dispararles desde las ventanas. Estallaron entonces cruentos combates, que se volvieron aún más encarnizados debido a que los manifestantes lograron hacerse con algunas armas y munición en diferentes puntos de la ciudad y en sus periferias.
Todo acontecía en el marco de la Feria Internacional de Poznań. «Cientos de extranjeros observaban los acontecimientos con estupefacción, sin saber cómo ni por qué habían comenzado aquellos combates. Sin embargo, el sentido de los hechos era del todo evidente, y quienes abandonaban Poznań transmitían al exterior las primeras informaciones sobre los sangrientos disturbios en Polonia», relataría Lewis más tarde.
La presencia de numerosos extranjeros en el lugar no impidió que los comunistas lanzaran un sangriento contraataque. Para someter a la ciudad rebelde, las autoridades desplegaron cuatro divisiones del ejército, entre ellas dos blindadas: en total, más de 9000 soldados y varios cientos de tanques. Hacia la tarde del 28 de junio, el desenlace de aquel desigual enfrentamiento ya estaba decidido; sin embargo, los disparos continuaron escuchándose en la ciudad durante los dos días siguientes. Decenas de personas perdieron la vida y al menos varios centenares resultaron heridas.
Tras sofocar la revuelta, el poder mostró una vez más su peor rostro. El primer ministro Józef Cyrankiewicz, retratado a veces como un «hombre de mundo» de corte de entreguerras, amenazó en un discurso radiofónico con cortar la mano a cualquiera que se atreviera a levantarla «contra el poder popular». En relación con el Junio de Poznań, se arrestó a casi 750 personas. Finalmente, en otoño – ya bajo una atmósfera de temporal liberalización política 10 personas fueron condenadas a penas de varios años de prisión.
Memoria indomable
.La intención era borrar el recuerdo de la revuelta popular. El nuevo líder del partido comunista, Władysław Gomułka, habló abiertamente de echar un «luctuoso telón de silencio». Cuando en diciembre de 1970 los obreros del la costa báltica salieron a las calles, el poder volvió a abrir fuego contra ellos. Sin embargo, el espíritu polaco de libertad no se dejó domar. La poderosa ola de huelgas de agosto de 1980 condujo a la creación del sindicato independiente «Solidarność», el único de su tipo en todo el bloque del Este.
Fue precisamente el sindicato «Solidarność» el que reivindicó con éxito la memoria del Junio del 56. En junio de 1981, coincidiendo con el 25.º aniversario de la gesta, se erigió en el centro de la ciudad el Monumento al Junio de Poznań de 1956, conocido también como las Cruces de Poznań. Tras la transición democrática en Polonia, rindieron homenaje aquí a los participantes de la revuelta obrera personalidades como el papa Juan Pablo II, presidentes extranjeros y ministros de Asuntos Exteriores, así como figuras ajenas al mundo de la alta política, como el célebre actor de Hollywood Robert De Niro. Este último, en 2023, accedió a la petición del Instituto de la Memoria Nacional de dedicar unas palabras a los veteranos del Junio del 56. «¡A los heroicos habitantes de Poznań, los participantes del levantamiento anticomunista de junio de 1956, con mi admiración y respeto!», escribió.
La historia ha demostrado en repetidas ocasiones que el poder opresor solo puede triunfar a corto plazo. En junio de 1953 en Berlín Oriental, tres años más tarde en Poznań y en otoño de 1956 en Hungría, los comunistas ahogaron en sangre las aspiraciones de libertad de las naciones de Europa Central y Oriental. Al mismo tiempo, sin embargo, se despojaron de forma irreversible de cualquier legitimidad moral para ejercer el poder, el cual habían conquistado en Polonia por la fuerza.



