Karol NAWROCKI: De la reparación a la reconciliación

De la reparación a la reconciliación

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Karol NAWROCKI

Presidente del Instituto de la Memoria Nacional.

Ryc. Fabien Clairefond

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Ante cualquier mención de las reparaciones de guerra Berlín reacciona con alergia. Mientras tanto, su pago sería un hito y una oportunidad para que Alemania logre la plena reconciliación polaco-alemana.

.”Cometieron asesinatos de forma descarada, sin ningún escrúpulo” – relata conmovedoramente Vinicius Natoniewski. Solo tenía seis años cuando, el 2 de febrero de 1944, los alemanes incendiaron su pueblo natal, Szczecyn, en la región de Lublin. La misma suerte corrieron varios pueblos cercanos sospechosos de apoyar a los partisanos. En total, ese día murieron entre 800 y hasta 1300 personas, entre ellas mujeres y niños. Fue una de las acciones de „pacificación” más brutales llevadas a cabo por los alemanes en las zonas rurales de la Polonia ocupada.

Natoniewski sobrevivió pero sufrió graves quemaduras. Las cicatrices han permanecido con él para siempre, al igual que sus traumas. „Dice que es un asunto pendiente en su vida” – explica su hija Bożena. A su padre no se le concedió el estatus de inválido de guerra porque no cumple los criterios legales. No recibió beneficios de los fondos de la Fundación para la Reconciliación Polaco-Alemana, ya que las ayudas solo se concedían a determinadas categorías de víctimas. Sabiendo que no tenía la más mínima posibilidad de reparación en un tribunal alemán, demandó al Estado alemán ante un tribunal polaco. En vano, el Tribunal Supremo invocó la inmunidad de Alemania. La denuncia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tampoco sirvió de nada: el Tribunal ni siquiera aceptó el caso para su consideración.

El caso de Natoniewski lo demuestra claramente: no se puede hablar de que Alemania haya dado cuenta por completo de la Segunda Guerra Mundial. En las distintas celebraciones de aniversarios, los políticos alemanes realizan bonitas declaraciones sobre la especial responsabilidad histórica de su país. Pero está claro que no se trata – si no contamos los pequeños gestos, realizados a menudo a la fuerza – de una responsabilidad material. Porque cuando se trata de cosas concretas, tenemos que recurrir a las disputas legales, un juego indigno de espera, prescripción y olvido.

Tras la creación de la República Federal de Alemania, las reparaciones individuales a las víctimas del nazismo alemán no se extendieron inicialmente a los ciudadanos polacos. Los pagos posteriores – a las víctimas de experimentos médicos o a los trabajadores forzados – deben considerarse simbólicos en el contexto de la gigantesca hecatombe que los alemanes infligieron a los polacos en el período entre 1939 y 1945. Por decirlo brutalmente, las prestaciones se concedían a quienes habían vivido lo suficiente y pertenecían al grupo de víctimas „adecuado”. E incluso estas víctimas también sintieron en algunos casos que solo se les daba una limosna.

Se está jugando un juego similar en torno a las reparaciones de guerra, es decir, las indemnizaciones que ya no corresponden a las víctimas individuales, sino a Polonia como país invadido y brutalmente ocupado por Alemania. Los sucesivos gobiernos de Berlín intentan convencer al mundo de que el caso está cerrado en sentido jurídico. Los mismos políticos que se complacen en apelar a la moral a diario, hablan en este caso el lenguaje desalmado de los parágrafos. Se esfuerzan por explicar por qué no tienen que pagar reparaciones. A su vez, evitan como el fuego el responder a la pregunta de por qué no quieren pagar.

A veces se argumenta que las reparaciones son un camino a ninguna parte: que tras la Primera Guerra Mundial sumieron a Alemania en una crisis e indirectamente allanaron el camino hasta el poder de Adolf Hitler. Como historiador, no puedo estar de acuerdo con esta analogía. Hoy en día, Alemania es la mayor economía de la Unión Europea, incomparablemente más fuerte y más resistente a las crisis que en los días de la República de Weimar antes de la guerra. Poca gente sabe que las reparaciones por la Primera Guerra Mundial fueron pagadas por Alemania hasta el año 2010. Esto no les ha impedido en absoluto levantar un estado próspero.

También escucho a veces que casi toda Europa sufrió los efectos de la Segunda Guerra Mundial y que si todos los gobiernos exigieran ahora reparaciones, las reclamaciones no tendrían fin. Alguien que invoca tal argumento es evidente que desconoce las peculiaridades de la ocupación alemana de las tierras polacas, incomparablemente más terrible que la de Europa Occidental. Cerca de 6 millones de víctimas, el exterminio masivo en campos de concentración, ejecuciones en secreto y también que se exhibían como si de un espectáculo se tratara, desplazamientos forzados, saqueo de bienes culturales, demolición deliberada de ciudades y quema de pueblos: todo ello no solo dejó profundos traumas, sino que también provocó horrendas pérdidas que pueden cuantificarse con bastante precisión. Ninguno de nuestros antepasados que fueron asesinados durante los años de la Segunda Guerra Mundial, o que sufrieron otras atrocidades durante esa época nos ha dado el derecho a realizar una abolición completa en su nombre de todos esos males perpetrados por los alemanes.

.Sí, Alemania es nuestro vecino con el que queremos construir unas buenas relaciones en el siglo XXI como socios en la OTAN y la Unión Europea. Las reparaciones de guerra fueron un hito en este camino, un acto de dura justicia material. Espero que el gobierno de Berlín también empiece a verlas como una oportunidad para una auténtica reconciliación entre nuestros pueblos.

Karol Nawrocki

Material protegido por los derechos de autor. Queda prohibida su distribución salvo permiso explícito de la editorial. 01/09/2022